Por: Mtra. Gerardine Rodríguez Esquivel 

Coordinadora de Formación Ignaciana de IBERO Monterrey

Una ventana a la esperanza es este festejo sobre los 500 años de la conversión de nuestro peregrino, Ignacio de Loyola. 

Pamplona, la herida, el ansia de sanar, la vida interrumpida, el silencio, sueños de un caballero, sueños rotos. Las armas entregadas, la vida echada hacia adelante y el comienzo de un camino sin rumbo aparente. La imaginación y la voz de Dios… 

Hemos recordado el paso de Dios por la vida de Ignacio y la herida honda que cambia sin aviso la vida. ¿Cuántas veces la vida se nos ha detenido por un vuelco que no imaginábamos? Lo impensable… o aquello de lo cuál hemos pensado que no nos repondríamos. A Ignacio la vida se le detuvo más que un instante. Dolor, enojo, confusión, más dolor, pero después silencio… silencio profundo. Quizá el silencio era el desacelerador necesario para escuchar más atentamente la vida. 

Después una voz, la voz de Dios. Cuando uno aprende a escuchar la voz de Dios llega al punto de no retorno. A Ignacio no siempre le quedaba claro cuál era la invitación que Dios tenía para él, pero su tenacidad e inquietud por encontrar esas invitaciones lo llevaron a caminar de una manera distinta, a peregrinar en lo interior para reconocer esas voces que lo acercaban a la vida, pero también a captar aquellas que lo alejaban de esta. Eso requiere una práctica diaria y casi perfeccionista. 

Ignacio quería que nosotros nos adentráramos a reconocer esa voz que inunda el alma y que con la práctica supiéramos discernir entre lo bueno y lo mejor para nuestra vida en común unión con el otro. Eso es parte de una espiritualidad que ha dejado un legado, porque cuando hablamos de espiritualidad ignaciana ¿qué es lo que une a miles de personas alrededor del mundo? ¿qué nos atrapa? ¿a qué le hemos dicho sí? 

He pensado que quizá hemos dicho que sí a dos cosas. Lo primero son las personas, le hemos dicho sí a las personas. Porque la espiritualidad ignaciana se entiende desde el encuentro con el otro, un encuentro donde existe física y espiritualmente una hermandad. Los que conocemos el camino de Ignacio o hemos sido introducidos a este sabemos que nos teje una historia inspirada en Jesús de Nazareth, peregrino y profeta de Galilea, del que Ignacio se enamoró profundamente. Quizá nosotros hemos sido también atrapados por el profeta a través de Ignacio, y es que el profeta fue hermano de todos aquellos que pasaron por su vida. Lo segundo que viene a mi mente es el legado del discernimiento, algo que nos ha inspirado a muchos de nosotros a vivir una vida donde seamos capaces de escuchar la voz de Dios en nuestras vidas, porque para cada uno de nosotros Dios tiene un sueño.

El Papa Francisco, en el décimo sexto Congreso Latinoamericano de Exalumnos Jesuitas hablaba con mucha seguridad sobre “el virus ignaciano” que padecemos aquellas personas que hemos sido tocadas por la espiritualidad ignaciana. Virus revolucionario, divergente, disruptivo, inquieto. Esto me hace preguntarme ¿cómo está hoy nuestro virus ignaciano? ¿Cuál es su temperatura? ¿se ha acallado o es más fuerte hoy que nunca? 

Los que conocemos a Ignacio vivimos también un punto de no retorno. Este 31 de julio no es más que el inicio de la renovación de aquello a lo que le hemos dicho sí en nuestro peregrinaje. Seguro muchos ignacianos e ignacianas tocaron nuestra vida para transformarla. 

Jesuitas, religiosas, laicas y laicos. 

500 años de inspiración. 

Miles de personas pidiendo a Dios el poder “Ver todas las cosas nuevas en Cristo”. 

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