Por: Miriam Flores 

Egresada de la Maestría en Educación y Procesos Docentes. 

A principios de este mes, un grupo de estudiantes de la Universidad Pacífica de Seattle, decidió aprovechar el momento de su graduación para entregar a su presidente una bandera con los colores de la comunidad LGBT+ al momento de recibir su diploma. Este acto se realizó en señal de protesta a una política de la universidad, la cual prohíbe a su personal entablar relaciones con personas de su mismo sexo. Más allá de esta expresión, por cierto, muy honorable por parte de este grupo de personas pertenecientes o aliadas a la comunidad, esto nos da una pauta para decir que la lucha por los derechos continúa, y que las faltas de apoyo a la diversidad e inclusión en el sistema educativo están a la orden del día. 

Este 25 de junio se llevará a cabo la edición número 44 de la Marcha del Orgullo en la Ciudad de México, la más grande del país, en la cual se esperan alrededor de 2 millones de asistentes. Situación muy distinta a aquella primera marcha de junio de 1979, donde no se logró concretar a más de un millar de personas, pero valientemente y con la frente en alto un pequeño contingente marchó para pedir igualdad y respeto. 

Sí se ha avanzado en el marco legal. Hoy en día se permite el matrimonio igualitario en 26 estados de México, mientras que la Ley de Identidad de Género está aprobada en 13 entidades del país. Sin embargo, es importante recalcar que en el ámbito social se sigue remando contracorriente. Los casos de discriminación desafortunadamente son un tema cotidiano para las personas pertenecientes a la comunidad. Tengo un buen amigo a quien la semana pasada se le negó un servicio médico por parte de una ginecóloga por ser transexual, situación que valientemente hizo pública, y deben continuar haciéndose, esta lucha se pelea de forma colectiva todos los días. 

¿Qué sucede en las instituciones educativas?

Hablemos de la educación superior con su gran institución: la universidad. La cual es y debe ser tan diversa como la misma sociedad. Sus distintos actores han formado parte de los cambios sociales significativos a lo largo del tiempo. Además de ser un lugar donde las y los estudiantes adquieren conocimientos y habilidades, es también un espacio para intercambiar ideas y visiones de la vida. El pensamiento reflexivo, en el cual se comienzan a considerar de manera activa, persistente y cuidadosa la información o las creencias a la luz de la evidencia que las apoya y de las conclusiones a las que dan lugar, surge entre la edad de 20 y 25 años, coincidiendo con la edad del estudiante universitario, a quien se le suele ver cuestionando, alzando la voz, en búsqueda de lo justo y de su propia identidad. Son las y los estudiantes los que suelen formar colectivos y organizar encuentros en la búsqueda del respeto a sus derechos, cabiendo recalcar que no siempre sucede contando con el apoyo de la institución educativa a la que pertenecen. 

Pero, ¿qué hay de los demás actores de la Universidad? Comencemos por uno de sus pilares: el docente. El conocimiento de su impacto en el estudiante más allá del aula no es nuevo. Hallazgos de diversos estudios han propuesto que existe un impacto en la formación de hábitos, conductas y actitudes frente a la sociedad y a los otros. Al poder influir en otros, esta característica del docente pudiese verse como un poder que este ejerce dentro de la relación maestro-alumno, y dicho poder cobra importancia cuando llega a representar un obstáculo en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

En el estudio que tuve la oportunidad de realizar entrevistando estudiantes universitarios y universitarias pertenecientes a la comunidad LGBT+ en México, pude conocer los puntos de vista y experiencias vividas en relación con sus distintos profesores. La buena noticia: no todo es malo, estudiantes trans afirmaron haber recibido apoyo por parte del cuerpo docente con respecto al uso correcto de sus pronombres, cambio de nombre, e inclusive interesándose y preguntando por su proceso. Sin embargo, es importante mencionar que las alumnas y alumnos continúan viviendo situaciones de rechazo y discriminación por parte de las y los docentes, como se puede apreciar en las siguientes citas textuales de las y los participantes: “Me han tocado profesores que se burlen o que hagan comentarios desagradables”, “Chistes, agresiones y humillaciones en clase son temas recurrentes”, “Se respaldan en su libertad de cátedra para expresar todas sus creencias y hasta discursos de odio”. 

Inclusive mencionaron ciertas acciones por parte de sus maestras y maestros que hoy en día no se apegan a una realidad diversa y que no hace a un lado los roles de género, como el dividir a las y los alumnos en equipos de hombres y mujeres para realizar actividades, pues consideran que no es adecuado para estudiantes que no se identifican con un género en específico o que les incomoda tener que etiquetarse en uno. Cabe recalcar que otra preocupación que presentan es el impacto de sus actitudes en sus compañeros, pudiéndose apreciar en la siguiente cita de un participante: “Las actitudes de los profesores sí tienen un impacto, si un estudiante los admira y no conoce del tema, se va a basar en lo que diga el profesor”. 

Ahora pasemos a la gestión de este tema por parte de las instituciones educativas desde el punto de vista estudiantil. El año pasado tuve la oportunidad de acudir a la Universidad Complutense de Madrid a conocer sus acciones en temas de diversidad e inclusión. A un estudiante trans le basta con ir a solicitar su cambio de nombre al departamento de escolar para que este aparezca como lo solicita en todos sus trámites y comunicación por parte de la universidad, independientemente de la situación legal de su identidad. Situación que es un tema para los estudiantes trans, quienes en el estudio reportaron lo siguiente: “Todos los comunicados que ahorita te llegan son con tu nombre legal”, “En las listas siempre está mi nombre legal”, repercutiendo esta última en la voluntad del maestro de llamarlo o no por su nombre de dicha lista. 

Faltaría también el avance en los protocolos de protección a esta población dentro de la universidad. En el estudio se reportó: la falta de consecuencias: “Sí hay manera de ir a denunciar algo en la universidad, el problema es saber que si denuncias no pasará nada”, “La universidad no hace nada contra las agresiones, violaciones o discursos de odio”. La capacitación del personal en el tema: “La persona que me ayudó en la universidad se notaba que no estaba muy capacitada”. Y la responsabilidad que consideran que tiene la universidad: “Siento que la universidad tiene la responsabilidad de hacer un espacio seguro para las personas que están estudiando dentro de ella mínimo”. 

Lo que se puede decir es que vamos en camino, que la lucha de la comunidad si ha cruzado avenidas y lo seguirá haciendo. Como miembros de instituciones educativas es responsabilidad de todos actuar desde adentro para que el cambio se logre y se cumpla la tercera misión de la universidad: una sociedad más justa.

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